RECUERDOS DE MIS PRIMEROS QUINCE AÑOS

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Por MARÍA MANTILLA, esta carta la solicitó el amigo de mi Rincón  Aramis Hernández hace un tiempo ya, solo ahora puedo responder a su petición. Disfrútenla.

¡Qué grato es vivir con recuerdos tan vivos y llenos de cariño como los que llevo yo en el alma! Viví junto a Martí por muchos años, y me siento orgullosa del cariño tan grande que él tenía por mí. Toda la educación e instrucción que poseo, se la debo a él. Me daba las clases con gran paciencia y cariño, y cada vez que tenía que hacer un viaje, me dejaba preparado el itinerario de estudios que había que hacer en cada día, durante su ausencia. En medio de todas la agonías y preocupaciones que llevaba sobre sí, nunca le faltaba tiempo que dedicarme.

El francés me lo enseñó de manera sencilla y fácil de comprender; pero su mayor afán eran mis estudios de piano. Su deseo era que yo llegara a ser una buena pianista –que nunca logré serlo, pero sí pudo lograr tocar lo suficiente en aquellos años de niñez, para proporcionarle a él muchos ratos de placer. Siendo yo aún niña, se empeñaba siempre en llevarme a las reuniones de La Liga, una sociedad de cubanos de color, todos hombres de gran talla, de más de seis pies. La idolatría de estos hombres por Martí era cosa admirable. Lo veneraban.

De Martí, el caballero, quedan grabados en mi mente tantos detalles de delicadeza y galantería con las “damas”, como decía él. Para él, la mujer era cosa superior. Siempre tan fino,  y con alguna frase de elogio en los labios. Cuando se daba alguna reunión, en que se citaban las familias cubanas para celebrar algún santo o alguna otra ocasión, había música y un poco de baile, y Martí siempre sacaba a bailar a las señoras y señoritas menos atractivas y luego yo le preguntaba: “Martí, ¿por qué es que usted siempre saca a bailar a las más feas?” Y él me decía: “Hija mía, a las feas nadie les hace caso, y es deber de uno no dejarles sentir su fealdad”. Como éste, muchos otros detalles de su caballerosidad.

Cuando, a veces, mi hermano Ernesto nos hablaba con rudeza, o alzaba la voz, Martí le decía: “¿A qué tú no le hablas así a la niña vecina; y por qué lo haces con tus hermanas, que merecen más delicadeza y finura que las extrañas?”

Recuerdo también, que cuando yo tenía siete años, un día que yo iba con Martí por el campo –pues estábamos de temporada en Batch Beach- y sentados los dos bajo un árbol, me picó una abeja en la frente y en el instante Martí la trituró con los dedos; de ese episodio resultó el verso sencillo que dice:

Temblé una vez en la reja/ la entrada de la viña/ Cuando la bárbara abeja/ Picó en la frente a mi niña”

Cuando él escribía algún artículo o carta o lo que fuera, su cerebro trabajaba con tal rapidez que las ideas le venían más ligeras de lo que la pluma le permitía escribir, y al concluir me llamaba y me decía: “Mira, lee esto y dime qué dice aquí”, porque él mismo no entendía lo que había escrito; pero yo sí lo entendía. Siendo su discípula, yo conocía cada rasgo de su letra. Él me decía que yo era su secretaria. A veces me dictaba mientras se paseaba por el cuarto, y yo tenía que escribir muy ligero para no perder una frase.

Mi último recuerdo de Martí es del día que se despidió de nosotros, cuando salió para Santo Domingo.

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